i. dona eis requiem sempiternam
te veo acostada en tu última cama. lecho caliente por la poca temperatura que aún queda en tu cuerpo. por la última fiebre que ahora disminuye llevándose tu aliento. te veo más allá del dolor, del maldito dolor agónico que duró una noche eterna que diezman pequeños rayos de luz que se asoman por la ventana. lentamente el día despunta en mis ojos. mis manos te tocan y saben que ya no te tengo. estás callada, ausente, con los ojos cerrados o sin mirada, con palabras desfiguradas e incompletas saliendo de tu boca. ¿en dónde estás, leticia, en dónde estás ahora, sin dolor, sin carne, sin nada más que el movimiento del último soplo de tus reflejos animales? tus dientes ya no escupen las verdades que atraviesan como flecha, ni la saliva que corría entre tus labios entumecidos por los tragos, para desnudar las malsanas palabrotas que sólo tú sabías decir. estás ahí, apacible, tranquila, después de una noche en que el dolor se robó tu vida y te arroja a éste, cómo llamarlo, éste tu último día en el que ya estás muerta. ¿cómo llamar vida al pedazo de carne que va perdiendo el brillo y la vivacidad, la carne que hace menos de dos días te aventaba a las calles rugiendo para deglutir al mundo entero? y afuera, los pájaros y el festín de los barcos anuncian que el mar siempre vigila, vela hasta el último momento. el día crece su luz mortecina en la sala, y la alarma de un reloj que todos hemos olvidado desactivar rompe el silencio. seis de la mañana. es hora de levantarse, leticia. me escuchas, es hora de que te levantes.




